Les Luthiers:
Humor como un signo de categoría artística
Roxana Kreimer. Tiempo
Argentino, 13 de agosto de 1986.
Tres horas de espectáculo en el Colón resultaron insuficientes
para quienes se sacaron el sombrero ante sus lúcidas actuaciones.
Por primera
vez desde su inauguración en 1908, el Teatro Colón se
inundó a través de estentóreas carcajadas-
de una de las más nobles y unificadoras manifestaciones humanas:
la risa. Resulta digno de análisis para otra ocasión-
el hecho de que en ciertos ámbitos esta expresión aparezca
sólo ocasionalmente. Compositores de diversas épocas tomaron
al humor como un signo inteligente de categoría artística:
desde Mozart con su desopilante Broma musical y Haydn
con su sinfonía Sorpresa en sol mayor, en la
que se propuso hacer saltar con un fortíssimo de timbal a las
señoras que se duermen en las primeras filas-, hasta Milhaud
y Satie, entre tantos otros.
Independientemente de las cuestiones de índole emotiva que giraron
en torno a la actuación de Les Luthiers, su presencia en el Colón
no fue, como muchos suponían, gratuita (y aquí no se hace
referencia precisamente al precio de las entradas). Mundstock, Rabinovich,
Maronna, López Puccio, Núñez Cortés y Acher
presentaron el lunes por la noche tres obras para instrumentos informales
y orquesta que sin duda merecían ser interpretadas en el principal
ámbito de música sinfónica del país.
Tras una primera parte en la que se sucedieron cuatro temas interpretados
exclusivamente por Les Luthiers Truthfull Lulu pulls
thru zulus (blus), Cuarteto Opus 44 para dos latines,
cellato y cello legüero, El poeta y el eco
y Añoralgias (zamba)-, el concierto incluyó
tres piezas orquestales que desarrollaron una línea no muy frecuentada
por este grupo: el humor a través del lenguaje de la música
y no exclusivamente a través del lenguaje conceptual de la palabra.
El Concerto grosso alla rústica fue una peculiar
alianza entre los mejores lugares comunes del período barroco
y los peores clisés de la música andina. Mastropiero
concibió esta obra cuando, perseguido por sus ideas, tuvo que
exiliarse en la Quebrada de Humahuaca, aunque infelizmente ninguna de
sus ideas pudo alcanzarlo.
El Concierto para piano y orquesta de Dimitri Mpkstroff,
caricaturizó las ideas sonoras del clasicismo a través
de un timbal que según la crítica leída por
Mundstock- sugirió la irreversibilidad de los destinos
humanos, de bronces que retrucaron que nada es irreversible,
de maderas que buscan reflejar la desprotección del hombre
y no lo logran, y de un instrumento solista que atacó
un tema que finalmente resultó ileso.
Esta sublime recreación del folklore más mediocre del
período clásico fue quizás uno de los mejores números.
El piano instrumento solista- fue munido de un espejo retrovisor;
Rabinovich se obstinó en permanecer al frente de la orquesta
con sus tres timbales, y un pasaje de piano donde el solista debía
cruzar sus manos había sido indicado oportunamente en la partitura
con un conserve su mano derecha al cruzar.
El programa finalizó con el fragmento de una zarzuela denominada
Las majas del bergantín. López Puccio
dirigió la orquesta como en las otras dos obras- mientras
los demás luthiers representaban a cinco marineros que pretendían
seducir a cinco prisioneras interpretadas por ellos mismos- en
un barco en altamar.
Como puede suponerse, sacados de contexto, algunos de los chistes de
Les Luthiers pierden su gracia. Esto es una buena prueba de que, en
su caso, el humor per se, con la forma del viejo
e ingenuo gag es una de las cualidades más intransferibles,
clásicas y valiosas de este género.
Lo mismo sucede con quienes suponen que la creación debe asumir
indefectiblemente un tipo de compromiso que se asemeje
más a una atadura que al arte en alguna de sus formas. En este
sentido, los gags a dúo de Rabinovich y Mundstock fueron joyitas
sin desperdicio.
El concierto contó con un excelente trabajo en la amplificación
del sonido. Cada músico portó un micrófono inalámbrico,
además de los clásicos micrófonos de pie que funcionaron
impecablemente en todo momento. Sumado a la excelente acústica
del Colón, esto hizo que se comprendieran hasta los chistidos
más tenues de cada gag.
Dos horas y media de espectáculo y cuatro bises tres horas
en total- resultaron casi insuficientes para quienes nos sacamos el
sombrero ante una de las expresiones más lúcidas, graciosas
y serias de la creación artística argentina.