Les
Luthiers: nadie se resigna a dejarlos
Diario
Clarín, sábado 19 de julio de 1975.
Si una película
mostrara uno de los primeros espectáculos que realizaron Les Luthiers causaría
asombro compararlo con el actual. La superación no se advertiría
tanto en lo musical como en lo escénico. Renovarse es vivir, y Les Luthiers
lo ponen en práctica desde su fundación. Comenzaron basándolo
todo en las sonoridades insólitas de unos instrumentos espantosos, como
diría nuestro amigo Landrú. Uno se reía de ellos como de
la vestimenta de Chaplin. Pero el talento tiene los pies ligeros y el conjunto
pasó muy pronto de la broma auditiva a la corrosiva parodia de todos los
géneros y estilos musicales, sin olvidar el ridículo que acecha
al cantante, al pianista, al guitarrista o al animador, a poco que descuiden la
parte visual de su actuación. En ese momento Les Luthiers demostraron que,
si como músicos eran completos, como creadores de un espectáculo
su ingenio podía ser inagotable. Apuntaron y dieron en el blanco. El jazz
o el tango, la ópera italiana o la chacarera criolla mostraron su faceta
risible, no solo como música sino sobre todo como asunto visual. El
límite entre el recital de música humorística y el teatro
musical de humor solo pueden ser transpuesto por gente con suficiente oficio escénico
y no poco de eso que se llama ángel. Y a la conquista del ángel
marcharon estos seis muchachos, que eran siete cuando los acompañaba Gerardo
Masana, quien a buen seguro los contempla ahora desde la fila uno del paraíso
de los humoristas (¿acaso crear el buen humor no merece una butaca en el
más allá?). Marcharon con tanta decisión que están
muy cerca de conquistar para cada uno de ellos la personalidad actoral, eso que
distinguió a Los Tres Chiflados y a los Hermanos Marx. Entre los componentes
de Les Luthiers los papeles están distribuidos sin confusión: Jorge
Maronna monopoliza casi el buen talante y la ingenua credulidad, mientras el rubio
Carlos López Puccio es el miedoso enfermo de susceptibilidad que siempre
tiene la mira desviada para el tiro. Casi tan cándidos como ellos, peor
ambiciosos y candidatos permanentes a la patinada en público
son los dos mimos de torrencial gesticulación: Daniel Rabinovich y Carlos
Núñez Cortés, desenfocados hasta la desesperación
pero en direcciones opuestas de la simpatía, pues el gordo
se rige por el amor y el pianista por la jactancia. La cuota de mal humor, introversión
y malignidad la aporta el rinoceronte Ernesto Acher, especie de Buster
Keaton sin heroísmo. Y Marcos Mundstock exhibe engreimiento en dosis masivas
para asumir el comando de un grupo humano en el que casi todos nos vemos retratados
alguna vez cuando incurrimos en nuestra tontería favorita. Les Luthiers
presentan ahora en el Odeón su nuevo Recital 75. Lo componen
Teresa y el oso (¡Prokofiev
en guardia!) Vientos gitanos
(una de sus creaciones más notables), Doctor
Bob Gordon Shops Hot Dogs from Boston, El
explicado (gato con explicaciones: diez puntos) y un fragmento del
siniestro Sitio de Castilla,
que a los memoriosos les evocará las parodias pianísticas de Enrique
Delfino, que ninguno de los Luthiers pudo conocer por razones cronológicas.
No hay que describir ni analizar nada: la gracia no se explica. Más bien
hay que aprovechar esta invitación a una experiencia insólita en
estos días: reír al compás de la inteligencia. Algo tan raro
que nadie se resigna a dejar la sala. N.C.
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