El
intolerante Jorge Maronna no quiere ver mi aceitunado
rostro cerca del escenario. Aduce que mi expresión imperturbable ante las
gracias y las monerías de Les Luthiers lo acongoja y desazona. Me culpa,
incluso, de sentirse obligado a apagar las luces de la sala para no verme. Pero
yo sé que apagar las luces de la sala es habitual en los teatros. Para
peor, estoy siempre ubicado muy cerca del escenario, debido a que las entradas
con que me pagan Les Luthiers son siempre preferenciales. Ellos están convencidos
de que yo integro la barra brava de Rosario Central y suponen que para mí
es natural recibir entradas para la reventa. Pucho López
Puccio es rosarino, como yo. Pucho es, entonces, quien procura explicar al
sensitivo Maronna que mi inexpresividad es propia del hombre del interior, de
aquel criollo que conserva el gesto tradicional de la tierra, la impavidez mineral,
la oquedad del cerro. Que mi rostro indino ha sido tallado por lluvias, escarchas,
pamperos, caídas del cordón industrial y flojas campañas
de mi equipo favorito hasta perder su tonicidad muscular. Pero que por dentro
(explica Pucho) estoy riendo permanentemente. Porque eso es lo que me ocurre con
Les Luthiers. Conozco los mecanismos que manipulan para alcanzar el humor, conozco
cómo finalizan sus chistes, he colaborado, incluso, en el corte y confección
de algunos retruécanos (los mejores, seamos francos) y, sin embargo, invariablemente
me causan risa.
Uno
se ríe por lo que intuye que va a venir pero, más que nada, por
todo el placer que, durante décadas, ha recogido del grupo. Es que el primer
impacto es muy fuerte. Lo fue, al menos, para mí. Cuando vinieron a Rosario
a presentar Mastropiero que nunca,
sólo había escuchado a Les Luthiers en grabaciones. Y el despliegue
de estos muchachos en el escenario fue para mí una especie de revelación,
un rayo de luz que se me clavó en el entrecejo. Fue tal mi devoción
para con ellos que fui a verlos en todas sus presentaciones rosarinas, hasta que
me adoptaron. Desde aquella época colaboro en el armado de los shows, siempre
desde las sombras (como prefiere Maronna) en mayor o menor medida. En los últimos
espectáculos, esa medida puede dimensionarse en milímetros. Pero
eso no impide que, pese a conocer cómo terminan los chistes, cómo
suenan los instrumentos informales, no dejé de conmoverme con este grupo
de señores ya mayores que, con enorme amor propio, insisten en ser los
mejores, en no resignar calidad ni talento y en jerarquizar un género que
ellos mismos han inventado. Y vuelvo a reírme. Aunque Maronna, en su falta
de comprensión hacia las minorías étnicas, no lo perciba.
Roberto
Fontanarrosa
Clarín Digital. 12 de julio de 1997