UNA
INTERVENCION RECORDADA
Defensa de las malas palabras ante la Academia
Fue
uno de los pocos que hizo reír al público en el Congreso de la Lengua
en Rosario, en 2004. En una mesa redonda, defendió las palabras proscriptas.
No
sé que tiene que ver con lo de la internacionalización, que, aparte,
ahora que pienso, ese título lo habrán puesto para decir que una
persona que logra decir correctamente in-ter-na-cio-na-li-za-ción es capaz
de ponerse en un escenario y hablar algo porque es como un test que han
hecho.
Algo
tendrá que ver el tema, éste, el de la malas palabras, por ejemplo,
con éste, como el que decía el amigo Escribano (José Claudio
Escribano). Se nota que es tan polémica esta mesa que es la única
a la que le han asignado "escribano" para que se controle todo lo que
se dice en ella.
Es
un aporte real en cuanto al intercambio. Me ha tocado vivir, cuando he tenido
que acompañar a la Selección Argentina a partidos (de fútbol)
en Latinoamérica. El intercambio que hay en esos casos de este lenguaje
es de una riqueza notable; es más, en Paraguay nos decían "come
gatos" que es, estrictamente para los rosarinos, "un rosarinismo".
No
voy a lanzar ninguna teoría. Un congreso de la lengua es un ámbito
apropiado para plantear preguntas y eso voy a hacer.
Un
Congreso de la Lengua es, más que todo, para plantearse preguntas. Yo,
como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son
malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién
y por qué? ¿Quién dice qué tienen las malas palabras?
¿O es que acaso les pegan las malas palabras a las buenas? ¿Son
malas porque son de mala calidad? ¿O sea que cuando uno las pronuncia se
deterioran? ¿O, cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas
con la moral?
Obviamente,
no se quién las define como malas palabras. Tal vez sean (ellas) como esos
villanos de viejas películas como las que nosotros veíamos,
que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos.
Tal vez nosotros, al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas.
Yo
me acuerdo de que en mi casa mi vieja no decía muchas malas palabras, era
correcta. Mi viejo era lo que se llama un mal hablado, que es una interesante
definición. Como era un tipo que venía del deporte, entonces realmente
se justificaba. También se lo llamaba boca sucia, una palabra un poco antigua
pero que se puede seguir usando.
Era
otra época, indudablemente. Había unos primos míos que a
veces iban a mi casa y me decían: Vamos a jugar al tío Berto.
Entonces iban a una habitación y se encerraban a putear. Lo que era la
falta de la televisión que había que caer en esos juegos ingenuos.
Ahora,
yo digo, a veces nos preocupamos porque los jóvenes usan malas palabras.
A mí eso no me preocupa, que mi hijo las diga. Lo que me preocuparía
es que no tengan una capacidad de transmisión y de expresión, de
grafismo al hablar. Como esos chicos que dicen: Había un coso, que
tenía un coso y acá le salía un coso más largo.
Y uno dice: ¡Qué cosa!.
Yo creo que estas malas palabras les sirven para expresarse, ¿los vamos
a marginar, a cortar esa posibilidad? Afortunadamente, ellos no nos dan bola y
hablan como les parece. Pienso que brindan otros matices, muchas de ellas. Yo
soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué
hace ese muchacho arriba del escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo,
pero a través de eso sé que cuanto más matices tenga uno,
más puede defenderse, para expresarse, para transmitir, para graficar algo;
entonces: hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables,
por sonoridad, por fuerza, algunas incluso por contextura física de la
palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es
un pelotudo. Tonto puede incluso incluir un problema de disminución neurológica
realmente agresivo.
El
secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada no sé si está
en el diccionario de dudas, está en que también puede hacer
referencia a algo que tiene pelotas. Puede hacer referencia a algo que tiene pelotas,
que puede ser un utilero de fútbol que es un pelotudo porque traslada las
pelotas; pero lo que digo, el secreto, la fuerza, está en la letra t. Analicémoslo
anoten las maestras: está en la letra t, puesto que no es lo
mismo decir zonzo que decir peloTudo.
Otra
cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está exenta
de culpa esa es otra particularidad, porque todos los países tienen
malas palabras pero se ve que las leyes de algunos países protegen y en
otros no, hay una palabra maravillosa, decía, que es carajo. Yo tendría
que recurrir a mi amigo y conocedor, Arturo Pérez Reverte, conocedor en
cuanto a la navegación, porque tengo entendido que el carajo era el lugar
donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los barcos
para divisar tierra o lo que fuere; entonces mandar a una persona al carajo era
estrictamente eso, mandarlo ahí arriba.
Amigos
mexicanos con los que estuve cenando anoche me estuvieron enseñando una
cantidad de malas palabras mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban
insultando porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar.
Me explicaban que las islas Carajo son unas islas que están en el océano
Indico.
En
España, el carajillo es el café con coñac y acá apareció
como mala palabra, al punto que se llega a los eufemismos, se decía caracho;
es de una debilidad absoluta y de una hipocresía... ¿no?
A
veces hay periódicos que ponen: "El senador Fulano de Tal envío
a la m... a su par". La triste función de esos puntos suspensivos,
realmente el papel absurdo que están haciendo ahí, merecería
también una discusión acá, en el Congreso de la Lengua.
Voy
a ir cerrando. Hay otra palabra que quiero apuntar que creo es fundamental en
el idioma castellano, que es la palabra "mierda", que también
es irremplazable. El secreto de la contextura física está en la
r anoten las docentes, porque es mucho más débil como
la dicen los cubanos: mieLda, que suena a chino, y eso yo creo que ahí
está la base de los problemas que ha tenido la Revolución cubana,
le quita posibilidades de expresividad.
Voy
cerrando, después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al
Congreso. Lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica
de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse,
para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único
que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación
de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos
una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos
a necesitar.
Roberto
Fontanarrosa