Texto
inédito para la exposición de Les Luthiers.
Yo
me he colgado siempre, desvergonzadamente, del prestigio de Les Luthiers. A cualquier
lado a donde voy, en cualquier entrevista que concedo, menciono, como al pasar,
que soy Colaborador Creativo del grupo. Y me miran como si yo estuviera sentado
a la diestra del Señor.
Pasaron
ya más de veinte años desde aquella noche que los vi por primera
vez arriba de un escenario, en Rosario, y fue tal el impacto que me causaron que,
al volver a mi casa me metí con el auto de contramano. En Rosario, ciudad
a la que conozco como a la palma de mi mano. Ese era, supe, el humor que a mí
me gustaba, ese era el nivel de excelencia que había que alcanzar.
Hoy
por hoy, además del enorme orgullo que me brinda el saber que, de una manera
u otra, he tenido participación en sus espectáculos, el rédito
mayor que contabilizo es el amistoso. Haber construido con todos y cada uno de
los muchachos amistades sólidas y profundas más allá o más
acá de las condiciones profesionales. Saber que tengo en Daniel, Pucho,
Marcos, Jorge y Carlitos un grupo de queridos amigos en una relación que
va más allá del trabajo en sí.
Pero
eso no quita que cuando voy a verlos disfruto como el primer día de ese
hecho irrepetible inventado por Les Luthiers a partir de un estilo encontrado
solo por ellos.
Todo
espectáculo exitoso siempre es copiado e imitado de inmediato. Esto no
ocurre con Les Luthiers, simplemente porque no es fácil reunir a cinco
artistas que sepan cantar, que sepan actuar, que sean graciosos, que coincidan
en un mismo tono de humor, que elaboren sus propios guiones y sus propias canciones
y que, además, imaginen los instrumentos más ingeniosos y estrafalarios.
Y ¿quieren
que les diga una cosa? Yo soy amigo de esos tipos.
Roberto
Fontanarrosa